miércoles, 7 de noviembre de 2007

Nostalgia de Mujica Lainez

“No sentí resbalar mudos los años”
Quevedo


“¿Qué es amar? ¿Qué es amar, sino añorar?”

Manuel Mujica Lainez, El escarabajo


“Escéptico de casi todas las cosas, Mujica no lo fue nunca de la belleza”

Jorge Luis Borges, Biblioteca personal







Abundan los ejemplos de autores que pasan desapercibidos para la inmensa mayoría del público lector. Y las razones por lo que aquello sucede no sólo se remiten a problemas de índole editorial, ya sean éstas fallas en la distribución, o modas pasajeras que imponen ciertas vertientes de la literatura. Por el contrario, en un sinnúmero de oportunidades, los mismos críticos y autores, evidencian verdaderas muestras de ceguera artística, al no reconocer las virtudes creativas de algún iluminado contemporáneo.









Esto último, es lo que ha acontecido con el escritor argentino Manuel Mujica Lainez.




Pues, en este narrador, hallamos los grandes valores apreciados por los amantes de la buena literatura, a saber: una profunda sensibilidad, rebeldía crítica, fortaleza intelectual, y un manejo del idioma prodigioso. Buscando un paralelo cercano en este virtuoso aspecto, quizás, podríamos citar a su redescubierto compatriota Juan Filloy, o al cubano Alejo Carpentier. No obstante, encontramos en la prosa de Mujica, un lenguaje arcaico y exquisito, exhalador de un encanto único; que por las temáticas que abordó, no había otra manera de expresar.




Este artículo, por lo tanto, tiene la finalidad de dar a conocer, sobre todo a las nuevas generaciones de lectores, la figura y obra de este ínclito escritor hispanoamericano, injustamente postergado.




Minucias de una vida interesante




Manuel Bernabé Mujica Lainez, Manucho, nació el día 11 de septiembre de 1910, en la ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires, Capital Federal de la República Argentina. Durante su adolescencia y juventud, estudió en su terruño natal, Francia e Inglaterra; importante dato que explica su bagaje cultural, inherente a toda su producción literaria. Regresa al antaño Virreinato de La Plata, donde inicia estudios universitarios de Derecho en la Universidad de Buenos Aires -sólo por dos años-, incorporándose tiempo después, a la administración pública, ejerciendo funciones en el Ministerio de Agricultura y Ganadería.



Ya en 1932, y trabajando como columnista y crítico de arte para el diario bonaerense La Nación, se dedica por completo al oficio de escritor. Cuatro años después, en tanto, debuta publicando Glosas castellanas (1936), amenos ensayos, que obtienen la Medalla de Oro de la Institución Cultural Española de su ciudad. Además, en aquella crucial temporada, contrae matrimonio con Ana María de Alvear Ortiz Basualdo, mujer de rancia prosapia y mayor fortuna, cuyo enlace engendró tres hijos: Diego (1937), Ana (1939) y Manuel Florencio (1941).




Posteriormente, da a conocer Don Galaz de Buenos Aires (1938), Medalla de Oro, esta vez, del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, y tres biografías de autores rioplatenses: Miguel Cané (1942), Hilario Ascasubi (1943) y Estanislao del Campo (1948), respectivamente. Su propuesta entusiasma a la crítica. En el intersticio, confecciona el largo poema Canto a Buenos Aires (1943), y asiste, en misión periodística, a la entrega del Premio Nobel de Literatura de 1945, que consagraría a la chilena Gabriela Mistral, en la nórdica Estocolmo. Con las colecciones de cuentos Aquí vivieron (1949) -Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE)-, y Misteriosa Buenos Aires (1951), se perfila su creación literaria.





Luego, viene la famosa tetralogía en donde intenta delinear una visión de la aristocracia argentina, compuesta por Los ídolos (1953), La casa (1954), Los viajeros (1955), e Invitados en El Paraíso (1957). Simultáneamente, estos son años de intensa actividad cultural y diplomática representando a su patria.







Más adelante, en la década de 1960 y producto de sus frecuentes viajes a Europa, e inspirado por el legado del Renacimiento italiano, nace su monumental Bomarzo (1962), en opinión nuestra, su obra cumbre: reconocida con el Premio Nacional de Literatura en su país (1963), y ganadora del Premio John F. Kennedy de Literatura (1964), ex aequo, junto a Rayuela de Julio Cortázar. En los años siguientes, esta obra sería adaptada primero, como cantata, y luego, como ópera, por el compositor argentino Alberto Ginastera, bajo libreto de Manucho; anotamos que injustamente censurado su estreno, en el Teatro Colón, por las autoridades porteñas de entonces (1967). Mostrando una faceta intelectual desconocida, presenta su traducción de los Sonetos (selección), de Shakespeare (1963), y Las mujeres sabias de Molière (1964).


Prosiguiendo con su bibliografía, a mediados de la misma decena, publica El unicornio (1965), recreando la Edad Media con tintes fantásticos, y donde, según su amigo Jorge Cruz, es posible distinguir importantes rasgos de su trayectoria vital. Dando muestra de su versatilidad, tres años después, Mujica Lainez da a conocer De milagros y de melancolías (1968), hilarante narración acerca de la génesis e historia de una ficticia ciudad sudamericana, desde su fundación hasta el año 4000, mediante el análisis de sus personajes descollantes. Se ha jubilado, y teniendo a su hacienda “El Paraíso”, en Córdoba, Argentina, como lugar de trabajo, emprende nuevos proyectos, como su versión de Phèdre, de Racine (1972), y la escritura de las novelas Cecil (1972), El laberinto (1974) y El viaje de los siete demonios (1974). Acto seguido (1975), muere su madre, doña Lucía Lainez Varela, cuyo esposo, don Manuel Mujica Farías -y padre del escritor-, descendía en línea directa del capitán y fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay.






Mientras, en los años posteriores, entrega a la imprenta Los cisnes (1977), y se comienzan a editar sus Obras completas (1978). Proyecto, sin embargo, que a la postre acabaría inconcluso, alcanzándose a publicar tan sólo un tomo de los cinco previstos. Igualmente, prepara las pruebas del conjunto de narraciones El brazalete y otros cuentos (1978), y de Los porteños (1980), éstos, diversos artículos de raigambre costumbrista.








Discurriendo 1982, publica su último gran libro, El escarabajo, apasionante recorrido de una joya egipcia por 3.000 años de historia universal. Viaja además por España, Italia, Francia -donde es condecorado con la Cruz de Caballero de la Legión de Honor-, Portugal y el centro de Europa. Asimismo, es declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires por la Municipalidad de su urbe (1984). Falleciendo, a raíz de un edema pulmonar y complicaciones cardíacas, en “El Paraíso”, el día 22 de abril de 1984.





La reminiscencia aristocrática




En el panorama literario argentino, la figura de Mujica Lainez parece una isla casi paradisíaca en medio de un mar bravío y tempestuoso, una época dominada por la magestuosa presencia creadora de Jorge Luis Borges y de Adolfo Bioy Casares. Son igualmente, los tiempos de Julio Cortázar prisionero en la eterna adolescencia de sus cuentos. En otra senda, la desesperación que encierran los libros de Roberto Arlt, Leopoldo Marechal, Eduardo Mallea y Ernesto Sabato, marcan las propuestas literarias de un público ávido de desentrañar las pasiones humanas en su estado más puro. Situado en el extremo opuesto, hallamos a Macedonio Fernández y su particular estilo.




Las inquietudes de Mujica Lainez, en tanto, lo condujeron a un rumbo distinto. Como todo escritor, no es ajeno a la denuncia y a la crítica social, empero, su óptica es diferente, siendo testigo él mismo, del auge y caída de un antiguo orden; logrando plasmar en su obra esa nostalgia propia de las aristocracias hispanas, cuyo pasado de refinamiento y lujo, se opacaba entrado el siglo veinte.



Prueba de esto que decimos, es la familiaridad que ostentaba nuestro autor con las lenguas extranjeras, especialmente cercano al francés, lo que explica su amplio conocimiento de la novela en este idioma. Los rasgos característicos de Stendhal, Gustave Flaubert, Joris-Karl Huysmans y Marcel Proust -reforzados por el estudio de los clásicos castellanos y los poetas del Siglo de Oro-, forjaron en parte su estilo recargado, de un barroquismo luminoso, trabajado con el cincel de un hábil artesano, lo que es inusual en las técnicas de manifestación escrita de los tiempos actuales. Debido a este meandro, dicho aspecto ha provocado más de alguna controversia en torno al imaginario artístico de Mujica, ya que se le ha acusado de privilegiar la forma antes que el fondo; sin embargo, los recursos estilísticos nunca deben soslayarse si el objetivo trazado se logra, cual es la expresividad y la sensibilidad de alturas que nos depara un determinado texto literario de calidad.





El contacto con la diplomacia le permitió surcar nuevas posibilidades temáticas, conocer otros mundos. Su interés se trasladó a la novela histórica, donde la labor de documentarse apropiadamente, revela la acuciosidad que ya le hemos observado en el acto mismo de escribir.




De esta manera, mientras el llamado “boom” de la literatura latinoamericana, desgranaba la realidad cotidiana de una América española amenazada por la United Fruit, y las dictaduras de turno, Mujica Lainez, consecuente con su modus vivendi, se alejó de las posturas efímeras de su época, centrando sus esfuerzos sensoriales en narrar historias del ámbito humano por él mayormente conocido. A fin de cuentas, este espacio le proporcionaba el material novelable que, insistimos, como un contemplador de primera línea, entregó a través de los hechos acaecidos y sus resonancias, sobre una clase social específica. Asertivo con nuestro términos en relación a su ética literaria, Borges diría, que el autor de El laberinto, “fue, ante todo, un hombre valiente: no condescendió nunca a lo demagógico”. (Borges 1996:514).













En esta oportunidad, escogeremos dos obras para abordar, por el simple estímulo que representan a cabalidad nuestro entorno hispanoamericano, nos referimos a La casa, y a De milagros y de melancolías.



La primera novela en reseñar (La casa), pertenece a la “etapa argentina” de Mujica; es una prosopopeya, donde la propia casa, en un tono doliente y nostálgico, narra la historia de una familia aristocrática de Buenos Aires, cuyos integrantes, verdaderas almas en pena, se aferraban a su pasado luminoso.









Los recuerdos se suceden en momentos que es inminente su demolición. En este escenario, de alegrías y tragedias de un clan bastante disfuncional, se ilustra el talento narrativo del autor, mezclando la vida de fiestas y recepciones, con las pasiones reprimidas de los personajes; sumados a esto, los elementos fantásticos e irreales, que están excelentemente incorporados en el relato mismo. Se obtiene así, un vívido fresco de un sistema donde las relaciones de jerarquía, se tornan difusas con el paso del tiempo. Ejemplo de aquello, es el poder de la servidumbre, que se hace cada vez más fuerte, hasta terminar controlando la mansión. El tono trágico de esta coyuntura, podría parecer, a simple vista, clasista y resentida, pero a través del relato doliente y resignado de la casa, somos testigos directos de los efectos de la entropía, que sin oposición, se apodera no sólo de un lugar físico, sino que también del sueño feliz de la aristocracia porteña.










Esta creación, un punto alto en la bitácora de Mujica Lainez, fue muy bien acogida por la crítica en su tiempo de aparición, y obtuvo importantes galardones; a nuestro paladar, la mejor de sus novelas redactadas en la década de 1950.












Si en La casa, presenciamos una dignidad trágica que subyuga al lector, en De milagros y de melancolías, es el humor el encargado que su revisión sea una auténtica delicia.









La ficción de esta extravagante pieza novelística es una parodia, una sátira de la historia de Hispanoamérica. Para empezar, en su trama desfilan los tópicos que han movilizado a nuestro continente por siglos: la quimera de El Dorado; las manifestaciones religiosas de autóctono origen encauzadas por la Iglesia; la dramática lucha de Independencia y su prócer excepcional; los intentos de modernización de disímiles resultados, y la puesta en práctica de ideologías contrarias a nuestra disposición espiritual. En esta suerte de antihistoria, donde incluso se vaticina un futuro sombrío gracias a las visiones de una médium, el uso de la “crónica intrincada”, como la llama el poeta de Canto a Buenos Aires, iniciada en Crónicas reales, logra su cénit tributando a esta novela.









Primero, la prosa irónica y punzante del capítulo inaugural -basada en la crónica dejada a la posteridad por el inexistente capitán Diego Cintillo-, registra los acontecimientos ocurridos en la ciudad de San Francisco de Apricotina del Milagro, también llamada Ciudad del Milagro, que fundada por el conquistador don Nufrio de Bracamonte, dependía del imaginario Virreinato de Santa Fe la Nueva.









Notable es la descripción de los gobernadores del lugar antes del “amanecer glorioso de la Independencia”, correspondiente a la segunda parte. Así pues, el ingenio mostrado en estas páginas deslumbra, y resume, por otro lado, la intención de satirizar la historia, y de sacarla del academicismo obtuso que atiborra los manuales de esta disciplina. Vale la pena decir que, De milagros y de melancolías, en idea de su creador, es una “tentativa de probar que la historia es una invención del historiador”. (Cruz 1996:160).







A continuación, el libro prosigue con la gesta de Xavier Moncil, el libertador virginal. Después, y en clara alusión a la realidad argentina, surge la figura de Gaspar Bravaverga, “el caudillo”, suerte de Juan Manuel de Rosas, erotómano y salvaje. Su descendiente, Cagliostro Bravaverga, intentará civilizar aquella tierra, mas con buenas intenciones antes que en logros prácticos. Hasta que el “líder”, el general Benicio Bracamón, imponga sus términos a la sazón del adelantado Nufrio Bracamonte, otorgándole así, el cariz de inmortalidad tan presente en el arte de Mujica Lainez, pues cada protagonista es una proyección en el tiempo, en este caso, de la efigie del conquistador hispano.










En otra arista, el epílogo “espiritista”, nos recuerda que el paso del tiempo, en su inmensidad, amolda nuestro devenir, y que incluso al especular sobre el futuro, encontramos mucho de nuestro pasado, refrendando de este modo, la fragilidad de los hombres ante los matices del incierto destino.




Las obras comentadas en las líneas precedentes, constituyen una muestra parcial del talento literario del padre de Aquí vivieron, confirmando de paso su sagacidad y versatilidad para expresar emociones, recrear períodos de la historia, y mostrar una veta humorística, que en sus primeros libros, sólo se avizoraba a tientas.




Razón por la cual, no desperdiciaremos la ocasión para sugerir la lectura de Bomarzo, máximo logro del escritor argentino, donde los tópicos mencionados, unidos a una sutil voluptuosidad, conforman un relato perfecto, ya que la narración histórica se funde con las pasiones humanas, exaltadas en una prosa absorbente y de magistral ejecución. En efecto, y como nos señala el chileno Roberto Bolaño: “(Bomarzo) es una novela sobre el arte y es una novela sobre la decadencia, es una novela sobre el lujo de novelar y es una novela sobre la exquisita inutilidad de la novela”. (Bolaño 2004:294).



Señas de identidad



En toda la producción del autor de El escarabajo, encontramos los siguientes aspectos formales:




- No podemos ubicar a Mujica Lainez en ninguna corriente o generación literaria, pues jamás adhirió a vanguardias.




- Estilo recargado, barroco, incluso preciosista, pero exacto; cualidad escasa entre los escritores iberoamericanos del siglo veinte. Profundo conocimiento de la lengua castellana.



- Como consecuencia de sus preferencias estéticas, el arcaísmo está muy presente en su obra.


- Conjunción de lo natural con lo artificioso, ejemplo de esto: Bomarzo.


- Exhaustiva documentación antes de la ejecución de la obra.


- El narrador omnisciente en primera persona.


- Uso del monólogo interior y el racconto.

Latidos de un arte

Entre los aspectos temáticos, podemos mencionar:

- La aristocracia del Río de la Plata, auge y caída de una casta, testigo privilegiado de un orden social en crisis.

- Recreación de períodos históricos: Medioevo, Renacimiento italiano y América imperial, por citar a los mejor logrados.

- La inmortalidad, un tema que obsesionó al autor; siendo el destino, en sus caminos oscuros y radiantes, los protagonistas de sus mejores páginas.

- La ironía, no sólo como un recurso discursivo, sino como argumento de parte de su producción literaria.

- En sus creaciones literarias incluye la crítica de arte, comentarios estéticos, y reseñas de artistas.


- Elegante y profunda exploración de las relaciones humanas y afectivas en toda su amplitud.

- En lo que respecta a sus tipos humanos, generalmente, se trata de personas de estimable situación pecuniaria, educadas, pero afectivamente desvalidas, presas de la melancolía y del resentimiento. Verbigracia, sus retratos históricos están muy bien logrados, deuda de la prolija documentación que formaba parte de su método de trabajo.


- Hay que hacer notar, que en sus obras históricas, vislumbramos un cierto carácter épico subyacente: siempre hay una búsqueda que es inherente a la aventura, donde el viajar y el deambular -propio de Mujica Lainez en la realidad-, se traslada con acierto a la invención.

Para el lector neófito, recomendamos comenzar el banquete del menú Mujica, por ejemplo, con Los ídolos, obra de su primera época; de inmediato percibirá la impronta de este Quijote rioplatense y la diferencia sustancial con otros narradores del idioma de Castilla.



Manucho, el viaje es eterno



“La llovizna cae en el suelo serrano de Córdoba, el verdor de la tierra generosa lo recibe con sus nudosos árboles, a lo lejos, recortada en la falda de un cerro, el rojo tejado de la casona ‘El Paraíso’, que, por fin, recibe a su antiguo dueño. Cecil, el lebrel, amaga un ladrido, tímidamente se acerca a la figura de andar pausado, que se aproxima: es un hombre calvo de cejas marcadas, bigote encanecido; va vestido con sobriedad y elegancia. En su mano derecha, se apoya sobre un bastón de brillante factura, en la siniestra, aprieta un manuscrito con fuerza, como si su vitalidad emanara de esos papeles amarillos; en el anular diestro, se observa un extraño anillo con forma de escarabajo. La lluvia se deja caer con más fuerza, quizás el cielo llora de emoción; el hombre, indiferente al temporal, no tiene prisa, ya que goza de todo el tiempo del mundo, y de mucho más”.


Vicente Lastra

Santiago de Chile, noviembre de 2006



Bibliografía


- BIOY CASARES, Adolfo. 2001. Descanso de caminantes. Diarios íntimos (edición de Daniel Martino). Buenos Aires: Editorial Sudamericana.


- BOLAÑO, Roberto. 2004. “Bomarzo”, en Entre paréntesis (edición de Ignacio Echevarría). Barcelona: Editorial Anagrama.


- BORGES, Jorge Luis. 1996. Biblioteca personal, en Obras completas IV (1975-1988). Barcelona: Emecé Editores España.


- CABALLERO, María. 2000. Novela histórica y posmodernidad en Manuel Mujica Lainez. Sevilla: Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla.


- CRUZ, Jorge. 1996 (1977). Genio y figura de Manuel Mujica Lainez. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires.


- CRUZ, Jorge. 1999. “Prólogo” a los Cuentos completos de Mujica Lainez. Buenos Aires:
Alfaguara.


- LAERA, Alejandra. 2005. Los dominios de la belleza. Antología de relatos y de crónicas de Manuel Mujica Lainez. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.


- MUJICA LAINEZ, Manuel. 1995 (1954). La casa. Madrid: Editorial Sudamericana.


- MUJICA LAINEZ, Manuel. 1969 (1968). De milagros y de melancolías. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.


- PEÑA VIAL, Jorge. 2002. La poética del tiempo: ética y estética de la narración. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.



* Artículo publicado en la revista electrónica española Arbil Nº109(http://www.arbil.org/109muji.htm), y en la también virtual argentina Palabras Diversas Nº4, correspondiente a marzo de 2007 (http://www.palabrasdiversas.com/).

martes, 9 de enero de 2007

Un escritor crítico de la sociedad contemporánea: Michel Faber

“Una época que, en cincuenta años, desarraiga, somete o mata a setenta millones de seres humanos, debe sólo, y en primer lugar, ser juzgada”.
Albert Camus, El hombre rebelde

Es común escuchar el comentario referente a la escasez, en el panorama literario actual, de piezas de real valor formal e incontestable jerarquía artística. Debemos reconocer que dicha opinión tiene mucho de cierto: la mayoría de lo publicado y depositado en las estanterías de las librerías en el último tiempo, carece de la estampa, si no la altura, de lo dable en llamar, “obra literaria” . Empero, de vez en cuando, aparecen autores cuyas creaciones nos dicen que no todo está perdido, y que lo grande de eterno e inmortal, contenido en un buen poema o en una colosal novela, resplandecerá por siempre, mientras en el genio humano, exista un afán honesto por encontrar la belleza y la verdad.



Hablamos de escritores cuya lectura nos conmueva, haga reflexionar acerca de nuestro actuar, y posterior desenvolvimiento en la vida; en otras palabras, que nos haga conocer y comprender, un poco más, de la inefable naturaleza humana. Al decir del afamado crítico norteamericano y profesor de literatura Harold Bloom, “el leer a un autor genial equivale a la gloriosa sensación del enamoramiento, pero con la ventaja de no salir dañado de la relación”.


Uno de esos escritores, en la hora presente, es Michel Faber.


Nacido en Holanda (1960) y criado en Australia, Faber arribó en la antigua posesión británica, junto a sus padres, a la edad de siete años. Aquello, unido a sus estudios en la Universidad de Melbourne –en literatura inglesa, precisamente-, hacen que utilice la lengua de Shakespeare -y no la materna- para expresarse. Permaneció en el más pequeño de los continentes o la mayor isla del Globo, hasta 1992. Desde entonces, vive en el norte de Escocia, en una antigua estación de ferrocarriles, escudriñando el Mar del Norte.


Antes de revelarse como un talentoso escritor, el holandés desempeñó los más variados oficios: las ejerció de enfermero, embalador, hombre de la limpieza, y hasta de cobaya para investigaciones médicas. Con la aparición de su primer libro, el conjunto de relatos Some Rain Must Fall (Tiene que llover un poco, 1997), los hechos cambiaron para nuestro inventor; llegaron los premios y galardones literarios, el reconocimiento y la atención de las grandes firmas editoriales. Gracias a ese impulso, en el año 2000, publica Under the Skin (Bajo la piel). Su éxito crece enormemente; es traducido a una decena de idiomas, y su nombre despunta entre los mejores escritores de su generación en habla inglesa.


Lo último de la pluma de Faber en abandonar la imprenta, es la majestuosa The Crimson Petal and the White (Pétalo carmesí, flor blanca, 2002). Cuya confección le demoró una investigación y posterior escritura de casi dos décadas, y que por otra parte, le significaría la consagración definitiva. Inspirada en el Londres de finales del siglo diecinueve, es considerada un fresco alucinante de la época victoriana. Una trama donde confluyen los más entrañables y despreciables sentimientos, el romanticismo, y los prejuicios sociales; dando forma, de esta manera, a una original interpretación de ese fascinante espacio de tiempo de la historia británica. No por nada, nos estamos refiriendo a un libro de más de mil páginas hilvanadas por un artesano de indiscutible maestría.



En el circuito editorial en lengua castellana, podemos hallar sus dos novelas traducidas y publicadas; ambas bajo el sello de Anagrama, en su colección “Panorama de narrativas”. De su libro de cuentos, existen sólo versiones parciales en revistas impresas y sitios virtuales.



Para intentar acercarnos al arte de Faber, en esta ocasión, nos valdremos de su primera novela, Bajo la piel.


Asimismo, nuestro análisis se basará en la correcta versión de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, de la casa del libro recién citada. Por lo demás, la única existente en español (Michel Faber, Bajo la piel, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, 331 páginas).




Una fábula prodigiosa

Para la mayoría de la crítica literaria europea, la novela que nos traemos entre manos, se trata de una fábula –ficción con que se encubre una verdad- notablemente narrada, en la gran tradición inglesa de Jonathan Swift, Joseph Conrad, y un George Orwell. Sin contrarrestar ese juicio, más bien apoyándolo, delinearemos unas cuantas observaciones al respecto.


Otro sector, en cambio, la cataloga como una aplaudible obra de ciencia ficción. Faber, en tanto, señala haber utilizado elementos fantásticos en su libro, con el propósito de denunciar aspectos de la realidad, que enunciados de otra forma, resultarían terriblemente desesperanzadores. Por estas razones, y sin temor a equivocarnos, podemos hablar de Bajo la piel, principalmente, como una descollante novela de profundas ideas filosóficas, embadurnadas éstas, con una invención de no menor enjundia.


Pues bien, el argumento de nuestra historia, desplegada por un narrador omnisciente a través de los más variados registros, transcurre en el norte de Escocia, en el invierno frío, solitario, melancólico, de las Highlands que rodean la ciudad de Inverness. Donde raudo por aquellas carreteras, el vehículo conducido por Isserley, acelera buscando autoestopistas de buena condición física con el propósito de encaminar. Hasta el momento, nada extraño. Nos parece comenzar a leer las aventuras de una mujer guiada por la avidez y la lascivia. No obstante, poco a poco, con datos intrigante proporcionados por el autor, conocemos una perspectiva radicalmente opuesta; los hombres recogidos, después de ser adormecidos en el auto tras inyectarles una droga llamada icpathua, son llevados inconscientes a una granja cercana (la Granja Ablach), para ser recibidos por un grupo de trabajadores -quienes los introducen al lugar-, y a un incierto destino. Al lado del recinto, en una casa rústica y sencilla, vive Isserley, la cazadora. Debemos consignar, que la acción siempre se desarrolla en este escenario: las autopistas, la Granja, y la costa escocesa henchida de bosques, golfos, y acantilados debido a la bravía del océano.


Mediante la constante aparición de términos desconocidos –como la droga y el mismo nombre de la mujer, inventados por Faber- sopesamos claves y pistas para concretar una posibilidad impactante: Isserley es una extrarrestre, al igual que los “hombres” que habitan la Granja Ablach. Siguiendo con su intención simbólica, el autor pasa a referirse al género humano con el sustantivo de vodsels, restringiendo para Isserley y los suyos, la definición de seres humanos; primera y destacada manifestación de la fábula.


Pero, ¿qué hacen realmente Isserley y los inquilinos de Ablach? Otras revelaciones, y el relato adquiere visos monstruosos y horripilantes. El local agrícola es una factoría alienígena donde se procesa carne humana (vodsels), para desde ahí, enviarla a su planeta de origen en naves espaciales, y ser consumida por los verdaderos hombres. Huelga decir, que los habitantes del planeta Tierra, son observados como seres vivos de segunda categoría por esta especie. La dueña y creadora de la granja, además de encargada de transportar el producto al cosmos, es la Corporación Vess; un imperio económico de sideral poderío e influencia en la comunidad galáctica.



En el mundo de Isserley, la carne de vodsel es un manjar privativo de la Élite, la clase dirigente. Su precio es igual al valor del agua y el oxígeno que necesita una familia cualquiera de esa civilización -fundada sobre las bases de la mercancía y la ganancia- para sobrevivir. Esta última exageración es una clara alusión al endiosamiento desenfrenado del dinero padecido por la humanidad en los minutos actuales. Y mientras Faber discurre en aquellas explicaciones, sabemos de oídas más de esa sociedad, y cuánto se parece a la nuestra. O podría llegar a ser. Porque, acaso, ¿no es la ficticia Corporación Vess, un reflejo macabro y real, de la preeminencia innegable que podrían ostentar las grandes trasnacionales financieras, tanto como para llegar a decidir en un futuro próximo, acerca de la vida y la muerte, si tras esa encrucijada, existe algún tipo de beneficio monetario por resolver? O, mejor aún, ¿no es en estos tiempos –ha sido siempre- la posesión del dinero, un factor abrumador al instante de llegar a definir, antes que cualquier otra cosa, el derecho a existir; ya en condiciones límites, ya si no alcanza la subsistencia para todos?


Los seres humanos, llegada cierta edad –a excepción de la casta superior- deben afrontar un examen, cuyo resultado sentenciará dónde residirán desde ahí en adelante: o sobre la superficie, o bajo tierra, en los denominados Estados Nuevos. Ser relegado a los Estados Nuevos, significa una vida hasta la muerte, de encierro infrahumano y trabajos forzados. Aunque habitar arriba, si no se tiene dinero, no cuenta lo suficiente; la contaminación de la atmósfera es tal, que se requieren verdaderas mansiones para moverse y conseguir guarecerse de la suciedad ambiental. Somos testigos, en suma, de un estudio de las jerarquías de poder y sus consecuencias, llevado hasta sus más extremas posibilidades.


Pero volvamos a Isserley, quien al momento de afrontar la definitoria Prueba, es calificada negativamente. A pesar de las promesas de algunos miembros de la Élite, que disfrutaron de sus favores femeninos, para ayudarla y asegurarle la permanencia en la intemperie. Nuestra protagonista, entonces, es condenada a pasar el resto de su vida en los Estados Nuevos. Encontrándose en aquella situación desesperada, aparece un ofrecimiento salvador pero paradójicamente condenatorio: abandonar los Estados Nuevos, para prestar servicios a la Corporación Vess, como recolectora de vodsels, en el planeta Tierra. Con el fin de realizar adecuadamente la función encomendada, deberá someterse a múltiples cirugías que muten su anatomía, a la bípeda de los terrícolas, y así, no despertar sospechas de su extranjero origen.


Ésa es la Isserley, tullida y mutilada, hallada en Bajo la piel.


Desde la marginalidad



En palabras de Faber, Isserley es un personaje nacido desde el rechazo social generado por un individuo al ser y sentirse diferente a los demás. Una situación vivenciada por el autor en su condición de hijo de inmigrantes, e inmigrante él mismo. Además de ser un estado de alma de un sinnúmero de hombres, víctimas del desarraigo y el abandono, en una época que persigue por los caminos más inverosímiles, la destrucción de las esencias nacionales. Con el fin abiertamente declarado de transformar al género humano en un conjunto de individuos anónimos, entregados éstos, a las fluctuaciones del gran capital y a los dictados de una minoría apátrida y globalizante. Al parecer, este objetivo ya se ha materializado, de no acontecer a la brevedad, una reacción decidida por parte de los elementos puros -aún restantes- de la Cultura Cristiana Occidental.

Retomando el hilo conductor de este ensayo, después de la operación indispensable para efectuar su labor, no hay parte del cuerpo de Isserley que no haya sido “retocada”. Sojuzgada por su nuevo cuerpo, debe hacer ejercicios matinales a fin de aliviar los dolores padecidos en su columna y extremidades.


Unos senos artificiales, son la carnada para fijar la atención de sus acompañantes en el coche. Sólo sus ojos evidencian un pálido reflejo de su belleza antaño. Al mirarlos en el espejo retrovisor de su automóvil, tiene conciencia de ser única en el universo. Quizás la dueña de todo lo existente, pero sólo ella lo sabe. Porque es distinta a toda la fauna del planeta donde pernocta, y, además, conoce de la existencia de otro sistema vivo, pero también es diferente a la totalidad de los organismos de ese orden. Es por eso, que entre los sentimientos despertados por Isserley en el lector, nunca está el de la piedad. La conciencia de su peculiaridad, aunque la confina a la soledad eterna, es igualmente el fuego que mantiene llameando sin desfallecer su altivez y soberbia. De esas características espirituales obtiene, sin duda, la frialdad para apoderarse de sus presas sin contemplaciones ni mayores cuestionamientos; dicho en otras palabras, la certeza de enarbolar una inclasificable superioridad.


Esa es la principal seducción de la novela de Faber: desarrollar su tesis sobre la vida, el sufrimiento, el amor, la muerte y la inmortalidad, a través de un alma presa del rencor y del resentimiento, de una sensibilidad al límite de la susceptibilidad, que por encontrarse en esa situación, mantiene una lucidez descomunal. Por este motivo, desde la primera página, notamos su tormento y complejidad, su cercanía y semblanza de personaje entrañable.


Todo se mantiene inalterable, con nuestra heroína haciendo sus labores regulares, hasta la visita fugaz a la Granja Ablach, de Amlis Vess, el único heredero e hijo del propietario de la compañía homónima antes mentada.


Esto supone a Isserley, enfrentarse de golpe, al peor de sus temores: ser examinada y vista, después de sus cambios, por un ser humano a quien considera su igual. Con el arribo de Amlis, la seguridad de la protagonista sufre un trastorno y un vuelco. Aparece en su personalidad, una conciencia que la hace dudar de su trabajo. Temblar, cuestionarse al borde del precipicio. Se agudiza en ella una crisis existencial, primigenia en su carácter. Renace en su ilusión el amor olvidado, ahora imposible, pero liberador y redentorio. Entonces, Isserley decide huir del granero y de las garras de la Corporación Vess, perderse en la anchura y hermosura de la Esfera, la nueva patria que la cobija de su exilio; salir a la autopista del azar, y detener ella, con mano propia, el automóvil de su derrotero. Todos somos iguales bajo la piel, y anhelamos lo mismo. Último y grandioso matiz de la fábula.



Un adelanto


“Cuando Isserley divisaba a un autoestopista, en principio siempre pasaba de largo para tener tiempo de observarlo. Buscaba grandes músculos: un pedazo de cuerpo con patas. Los ejemplares pequeños o enclenques no le interesaban.


(...) solía aventurarse a salir a unas horas en las que el silencio era tan prehistórico que su vehículo hubiera podido ser el primero que rodaba por una carretera. Era como si la hubieran transportado a un mundo tan reciente que las montañas aún debieran experimentar algunos cambios y los valles frondosos todavía tuvieran que convertirse en mares.


Sin embargo, una vez que se lanzaba con su cochecito a la carretera desierta y ligeramente húmeda, solía ser simple cuestión de minutos que detrás de ella aparecieran otros coches que también se dirigían al sur y que no se conformaban con ir al ritmo que ella marcara, como va una oveja tras otra por un sendero estrecho, sino que la obligaban a conducir más deprisa por aquella carretera de un solo carril, a menos que quisiera oír un concierto de cláxones.



(...) la mayor fuente de distracción no la constituía aquel peligro, sino la seducción de la belleza. Una zanja resplandeciente por el agua de la lluvia, una bandada de gaviotas siguiendo una máquina sembradora por un campo cubierto de abono, el reflejo de la lluvia al caer dos o tres montañas más allá, y hasta el vuelo en las alturas de un ostrero solitario, podían hacer que Isserley casi se olvidara de para qué estaba en la carretera”. (págs. 9-11)




“El modo en que la miraba Amlis era conmovedor, pero maravilloso al mismo tiempo. La miraba como si ella fuese el guardián del universo, como si el universo entero le perteneciera, cosa que, tal vez, fuese cierta.


El terrible precio que había tenido que pagar conllevaba, en cierta medida, que aquel mundo le perteneciese. Estaba mostrando a Amlis lo que podían ser los dominios de quien estuviera dispuesto a someterse al sacrificio supremo, un sacrificio que nadie, salvo ella, se había atrevido a llevar a cabo. Bueno, en realidad, salvo ella y Esswis. Pero éste rara vez abandonaba su casa de la granja. Probablemente, el verse tan desfigurado había acabado con él. Las maravillas de la naturaleza no significaban nada para él. No eran un consuelo suficiente. Ella, sin embargo, seguía forzándose a salir y ver todo cuanto había que ver. Se exponía todos los días a la imparcialidad de los cielos, feliz de hallar consuelo bajo su bóveda”. (pág. 269)


“Isserley bajó la mirada hacia donde estaba Yns. Éste le sonreía de oreja a oreja, enseñando unos dientes estropeados; tenía una brillante mancha de salsa en la punta del hocico. A pesar de lo desagradable que le parecía, de repente Isserley comprendió que el pobre era un tipo inofensivo, una bestia de carga impotente, un esclavo, un ser de usar y tirar, destinado a un solo fin. Cautivo en las profundidades de la tierra, llevaba una existencia que apenas era mejor que la que le hubiera tocado si se hubiese quedado en los Estados Nuevos. Para ser sinceros, todos aquellos hombres se estaban cayendo a pedazos, pelo a pelo y diente a diente, como piezas de una maquinaria demasiado usada, herramientas baratas para llevar a cabo un trabajo que los iba a enterrar a todos. Mientras Isserley recorría los espacios abiertos de sus ilimitados dominios, ellos permanecían atrapados bajo los establos de Ablach, trabajando como máquinas, escarbando bajo la pobre luz de una lámpara de volframio, respirando un aire viciado y comiendo los asquerosos despojos que sus amos rechazaban. A pesar de que la Corporación Vess había anunciado a bombos y platillo que les iba a brindar la posibilidad de emprender una vida nueva y diferente, lo único que había hecho era sacarlos de un hoyo para enterrarlos en otro”. (pág. 287)


“A pesar de todos los privilegios de los que gozaba, de toda su belleza y de su total perfección, había millones de cosas que Amlis no llegaría a conocer nunca. Era un príncipe que había regresado a su tierra, pero su reino era un vertedero comparado con los dominios de Isserley. Incluso los de la Élite, que se mantenían alejados de las cosas más horribles, no eran más que prisioneros en jaulas opulentas que vivían y morían sin llegar a imaginar siquiera toda la belleza que Isserley veía día tras día. Todo lo vivían y disfrutaban dentro de recintos cerrados: el dinero, el sexo, las drogas y la comida escandalosamente cara (¡diez mil liss por un filete de voddissin!). Y el único fin de todo aquello era distraerse de la espantosa desolación, de la oscuridad y de la putrefacción que les esperaba constantemente al otro lado de las delgadas paredes de sus hogares”. (pág. 291)


“El aviir haría que el coche, ella y un buen pedazo de tierra saltaran por los aires convertidos en las partículas más pequeñas que quepa concebir. La explosión produciría un cráter en el suelo de una anchura y una profundidad similares a las que causaría la caída de un meteorito.



Y ella... ¿Adónde iría a parar?



Los átomos que la habían conformado se fundirían con el oxígeno y el nitrógeno del aire. En vez de acabar sepultada bajo tierra, se convertiría en parte del cielo. Así era como había que considerar el asunto. Con el paso del tiempo, los restos invisibles de su ser se irían mezclando con todas las maravillas que existían bajo el sol. Cuando nevase, sería parte de la nieve y caería suavemente sobre la tierra. Con la evaporación volvería a elevarse. Cuando lloviese, estaría en aquel arco espectral que se extendía desde el estuario hasta la tierra. Ayudaría a cubrir los prados de neblina, pero siempre sería transparente para las estrellas. Viviría eternamente. Lo único que necesitaba era valor para apretar aquella tecla y tener fe en que la conexión no se hubiera estropeado.



Alargando una mano temblorosa, dijo:


- Allá voy”. (págs. 330-331)

Vicente Lastra
Santiago de Chile, Julio de 2005.


*Artículo publicado en la revista impresa Ciudad de los Césares Nº 76, Santiago de Chile, enero de 2006. Igualmente, editado en la revista chilena virtual Bajo los Hielos Nº 17 (www.bajoloshielos.cl).






martes, 12 de diciembre de 2006

Lolita: Un acercamiento a The Great American Novel

“Nada hay más bello y que fortalezca más en la vida que un recuerdo puro”.
Dostoievski

“El sentido moral de los mortales es el precio que debemos pagar por nuestro sentido mortal de la belleza”.
Vladimir Nabokov

Datos de rigor

Vladimir Nabokov (1899-1977) fue el continuador en el siglo veinte, por derecho propio, de la gran tradición de narradores eslavos que enriquecieron Occidente en el diecinueve, y que brillan con lámparas de oro entre las creaciones escogidas de la humanidad. Una verdadera aristocracia de las bellas letras, que iniciada con Alexander S. Pushkin, terminaría en el arrebato místico de un León Tolstoi, pasando revista a Gógol, Dostoievski, y Mijail Iurevitch Lérmontov, por citar a los más rancios.

Sólo la literatura francesa, con su lista de colosos encabezados por Balzac, puede decir otro tanto en igual período.

De sus compatriotas, ni Pasternack, ni Solhienitzyn, (quizás Mijaíl Bulgákov, el autor de El maestro y Margarita), se le pueden comparar: así de grande y tajante es nuestro escritor.

La tragedia para el autor de Lolita (1955), y que a la postre le impediría alcanzar mayores alturas en relación a los que le antecedieron, fue que a causa de la Revolución Rusa, debió abandonar para siempre su patria y cambiar “... mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente dócil lengua rusa, por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos –el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y tradiciones implícitas- que el ilusionista nativo, mientras agita los faldones de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia que ha recibido”. Primero Inglaterra, después Alemania, luego Francia, los Estados Unidos, para morir en Suiza, ¡como Charles Chaplin!, fueron los itinerarios de su exilio eterno. A pesar de aquello, Nabokov esgrimiría la perfección en su idioma adoptivo, tanto así, que su obra maestra, Lolita, es considerada por la crítica norteamericana, unánimemente, como The Great American Novel.


Los lectores hispanos tenemos la dicha de contar con todas sus ficciones traducidas, incluso sus recuerdos autobiográficos, reunidos bajo el sugerente nombre de Habla, memoria (1966). Las novelas de su primera época en lengua rusa, casi todas aparecidas durante su estancia en la República de Weimar, hasta la anglosajona mencionada más arriba, que culmina con la famosa Lolita. Otros títulos destacados suyos son: La dádiva (1952), comparada por Stephen Spender con El retrato del artista adolescente de James Joyce..., La defensa (1930), Pálido fuego (1962), y Ada o el ardor (1969), última novela de Nabokov, donde la pasión amorosa entre seres de la misma sangre, es decir, entre hermanos, pocas veces ha sido tratada con tanta delicadeza y altura de miras. Lo último en aparecer fue una edición de sus Cuentos completos bajo la rúbrica de Alfaguara (2001).

Sobre el texto que nos desvela, a principios de siglo, el mundo literario fue sacudido por una especie de escándalo, decimos “especie”, porque realmente importó a unos pocos obsesionados con estos temas: la traducción de Enrique Tejedor, la tenida por “oficial” en lengua castellana desde la década del sesenta (Editorial Sur, Buenos Aires), estaba plagada de errores y groseras omisiones desde su traslado del inglés original. La crisis se remediaría con la pronta aparición de la versión de Francesc Roca. Una rápida comparación entre los manuscritos deja ver la ceguera o el inglés de principiantes de Tejedor, que en su descargo puede alegar el apuro del lector en español por abrazar a Lolita en la cima del escándalo.
Es así, entonces, como las citas que ocuparemos provienen del trabajo de Roca. Será también la fuente y base de nuestro análisis. Esta edición puede ser encontrada en Editorial Anagrama, Panorama de Narrativas, Biblioteca Nabokov, Barcelona, año 2002.

Comentario importante, la novela ha sido en dos oportunidades llevada al cine. La primera cinta, de Stanley Kubrick, es un bodrio sesentero en blanco y negro; cosa curiosa, pues el guión fue escrito por el mismo Vladimir. La segunda película, dirigida esta vez por Adrian Lyne (1997), es de una estética sublime por donde se le observe: difícilmente podrá ser superada la escena que reproduce el (re)encuentro de Humbert Humbert con Dolores Haze, sobre una esterilla, en un estanque de sol, con la nínfula hojeando distraídamente una revista farandulesca.

Dichos estos aprontes, entremos en materia.

La esperanza de Humbert o la búsqueda del amor
Lolita es una historia de amor, cruel, brutal, inmensamente triste, quizás lo más parecido en nuestro tiempo a esas tragedias imposibles que cantaban los juglares medievales, los bardos que recorrían los bosques de la vieja Europa. Es una reminiscencia, un recuerdo, una expiación, escrita en un estilo sin concesiones por el propio involucrado y protagonista de la historia, que se autodesigna Humbert Humbert, porque, a su juicio, es el nombre más apropiado para alguien de su calaña, para un transgresor de su estirpe, “pero, no sé por qué, creo que es el que mejor expresa todo lo malo que hay en mí”.

Maldad, que es la vileza de un poeta encadenado, de un soñador amarrado por la construcción de sus sueños imposibles de pintarse en la "bendita materia”.
Nos explica Humbert, con el corazón rebosante de amargura desde su celda, “cuando empecé a escribir Lolita, primero en la sala de observación para psicópatas, después en esta reclusión bien caldeada, aunque sepulcral, pensé que emplearía estas notas in toto durante mi juicio, no para salvar mi cabeza, desde luego, sino mi alma...”.


De esta forma, llevando a cabo la escritura del relato, Humbert no pretende justificar su crimen, sino que desea inmortalizar para la vida de las generaciones futuras, la memoria de su amada. Es en definitivas cuentas, la recreación de un sueño frustrado de felicidad.
Por ende, además de una crónica, Lolita es un soberbio estudio lírico de la desesperanza.
El narrador desbocado, nos relata en primera persona, la presencia de sus crímenes y demonios; denuncia irónica y ácidamente, con el odio que sólo tienen los desechados por la vida, la cultura del plástico y del motel, del dinero y la superficialidad de nuestra era. Pero ojo, esos son nada más que la escenografía y el telón de fondo, la tramoya y los disfraces. Son el tributo que tiene que pagar Nabokov por ser nuestro contemporáneo. Lolita es tan poderosa, que sale airosa en cualquier siglo, y en cualquier época. Su temática es de por sí trascendente.

Humbert confiesa su vida sin tapujos, admirando la imagen que alienta su existencia desde lo más recóndito de su alma: el amor de su juventud, la conjunción de todas sus carencias afectivas, la niña ésa que amó en un principado junto al mar, a sus catorce años. Muerta la joven holandesa, aire de sus ensoñaciones, se concretiza lo que será una imposibilidad de por vida; la dificultad cierta de volver amar, de ser amado. Sin embargo, eso no es obstáculo para mantener la ilusión de reincidir nuevamente, en las astillas de sueño que manifiesta el amor. Y ese espejismo, el de la nínfula virginal, es el fuego que atempera la frialdad de su derrotero posterior, es el tesoro al que echa mano para enfrentar las dificultades que se le presentan en el camino. Solitario y desfalleciente trayecto. Junta los párpados, exige a su memoria, y esa esperanza, ese regreso a la infancia, que es al fin y al cabo, la ilusión de volver al absoluto primigenio, le regalan los deseos de vivir y seguir adelante.
¿Por qué esa búsqueda ansiosa y frenética, apurada y obsesiva? La respuesta, la encontramos en la misma biografía del literato francés (la nacionalidad de nuestro confidente). Huérfano de madre a tierna edad, con un padre más frívolo que cariñoso, el niño melancólico, el adolescente sensible, lógicamente, volcará toda su capacidad de amar intacta, acumulada, en su primer amor. Destruida esa primera experiencia, el joven idealizará, el hombre la proyectará... Alegarán voces diciendo que eso les sucede a todos, que es un acontecimiento natural en la vida de todos. Pero, ¿es que todos los seres humanos sienten igual, de la misma manera; y por ello, deben reaccionar de una forma parecida a estímulos de la misma índole?
El mismo Humbert, nos facilita la tarea definiendo la naturaleza de su pasión, “era un amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista...”. Dolores Haze, superaba con réditos su papel de mujer y amante, era la persecución de un ideal, de una carencia que molestaba, torturaba. ¿No lo entienden? ¿No lo comprenden? Humbert Humbert, quiso llevar su experiencia mística a la materia, a Dios traerlo a la tierra. Pero no pudo, simplemente no pudo.

La moral que se derrumba o la comprobación de una realidad
Esta será una defensa apasionada de Humbert. Nos colocaremos fieramente en el banquillo del acusado, y por ello, nuestra respuesta será firme y violenta. Absolvemos a Humbert Humbert de toda culpa, cargo y agravio. Señoras y señores del jurado, permítanme decirles que la costumbre, la moral no tiene nada que hacer aquí, rotundamente nada. Que no entromezca sus sucias y culposas garras, en los terrenos inmarcesibles, sagrados de la poesía; en el campo de acción etéreo de los poetas.

Definitivamente menos, la moral de una sociedad donde la vida cotidiana destila el aroma abyecto de lo contrario, de la inmoralidad, a sucias bocanadas, a grises ventiladas. Un lugar donde los sistemas filosóficos y éticos, hace ya bastante tiempo que dejaron de guiar los latidos de los comportamientos sociales, el sibilino pulso de las relaciones entre sus miembros. Entonces, si la colectividad presenta esos rasgos demoníacos por esencia, casi por determinación. ¿Es que, no podría ser al revés, y el ser sensible, el artista, transformarse en una víctima de la degeneración de la comunidad? Más todavía, si sumamos los argumentos enarbolados en líneas anteriores, en los que Humbert pasa a transformarse en el resultado de un grupo humano donde los vínculos de afectividad se desenvuelven según el capricho y la conveniencia, y no sobre la base honorable del compromiso.


Tiene a lugar una escena en la cinta de Lyne que es capital para dar mayores luces a este respecto. Observemos. Una noche de lluvia y tormenta en el medio oeste norteamericano. Los relámpagos y truenos resplandecen y encienden el cielo con todas sus fuerzas. En un motel anónimo, Humbert y Lo, duermen profundamente, uno junto al otro, en el fin de la noche. Humbert el dormilón, cae bajo las garras de una terrible pesadilla. La pesadilla es densa y bulliciosa, con gentes que golpean estrepitosamente la puerta de la habitación. Toc, toc, toc. Humbert se levanta y abre la puerta. Para su sorpresa, la muchedumbre que aparece se ríe de él, de su miedo, de su ingenuidad, de su vida... Esa carcajada hiriente, es la sociedad.

Silencio de reflexión.
Afirmamos con vehemencia, que no le corresponde a la ley de una tribu podrida, juzgar la redención de un hombre solo y atormentado. Ésa, antes que nada, es una verdadera norma de moralidad.

¿Y Lo, y Dolores, ensayista, acaso ella no tiene por derecho, una expiación que la legitime existencialmente? Su realización era ser la amada de Humbert, la posesión de Humbert, evaporarse como el sueño que fue siempre.
Yo comprendo y antepongo al artista, al loco, al ser lleno de vergüenza, al desesperado que se muere por falta de amor. Ésa es la piedra angular de la ética de un linaje de hombres verdaderamente humanos. Ja, ja, ja.

La imposibilidad de la vida
Lolita es la sorda batalla de la pasión de un hombre contra la omnipotente realidad. El desenvolvimiento de una aspiración que no puede llevarse a efecto sino mediante la sublimación del refugio del arte. En ese sentido, contemplamos la gran disyuntiva del arte contemporáneo: la lucha descarnada del espíritu contra la materia.

El tema de la imposibilidad, del amor imposible, subyace como corriente siempre presente a medida que avanzamos en la lectura de Lolita, es el eje central sobre el cual Humbert espera hacer de lo irrazonable, algo razonable. Ya desde un comienzo invoca a Annabel, la niña iniciática, como la antecesora y acto, de la potencia que será Dolores Haze. Es interesante, según podemos notar, el intento desgarrador de Humbert por convertir una idealización, en un motivo que ostente alguna posibilidad de realidad. Casi al final del relato, llorando, le dice a la crecida Dolly Schiller (Lolita se ha casado, y pasado al estado de mujer), “bueno, no mañana, desde luego, ni pasado mañana, pero... Bueno, algún día, si quieres venirte a vivir conmigo... Crearé un nuevo Dios, y se lo agradeceré con gritos desgarradores, si me das una esperanza, aunque sólo sea microscópica”.
Tal y como los héroes épicos que se enfrentan a un destino escrito de antemano por los dioses, irrevocable desde un principio, Humbert encarna los atributos del anti héroe, del hombre habitante de la modernidad. Es cierto que su actuación, y las consecuencias que se desprenden de ella, nos pueden resultar moralmente reprobables en una dirección que apunta a la conservación de lo establecido; empero, es tan puro y cristalino, ¡así lo percibí y es que me enamoré de Lolita!, el sentimiento que lo impulsa, que adquiere las virtudes del héroe clásico que persigue lo inalcanzable, en este caso, el regreso al amor casto y romántico de la primera juventud, personificado en Lolita, el amor irrealizable hacia una doceañera.

Como es trágica su meta, Humbert no puede completar su redención. Ésta, es interrumpida por Clare Quilty, que representa la frivolidad y la búsqueda enfermiza del placer por una humanidad enajenada. Para guardarse en la historia de la literatura es el capítulo final donde Quilty recibe su sentencia de muerte en la forma ¡sensible! de un poema. La contradicción y naturaleza de los móviles involucrados no puede ser más perfecta y definitiva.

Quilty le arrebata a Humbert la reconciliación consigo mismo y con la vida. Es un Judas que cumple órdenes dispuestas por la concatenación de los hechos, la no consumación de la felicidad de Humbert.

Y en un acto de suma rebeldía, Humbert lo asesina, pero él también perece, posteriormente, de trombosis coronaria en la prisión; entonces, la única vía que tiene para sobrevivir y no muera borrado por el tiempo su amor, es el refugio del arte, la evocación literaria de Lolita; ése es su único triunfo sobre la vida.
Impresiones finales

Tengo la seguridad de que pasarán los años, las décadas, los siglos, y Lolita seguirá enamorando, a primera, a segunda, a tercera, a cuarta, a cualquier vista.

Clasificando sus cualidades, diremos: novela romántica, por sus descripciones renacentistas y paganas, por su desenvoltura, por el movimiento de otro mundo que brotan de los cuerpos de sus personajes y situaciones; novela en prosa poética, por su escritura, metáforas, alusiones, su calidad enaltece la labor literaria; novela mística, por su concepto noble del amor y de la belleza.

Siendo fieles a Nabokov, Mr. Sigmund Freud, el doctor vienés y sus secreciones teóricas, brillan por su ausencia en las inmaculadas páginas de Lolita. Buscad en los arquetipos grandiosos y no en los símbolos banales para interpretar esta escultura.

Ahora, lectores, corred, corred a una librería, la más cercana o lejana, la verdad no importa, y ojalá que lleguéis a amar a Lolita, tanto como os amáis a vosotros mismos.

Fragmentos esenciales

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita...”.
“La miré y la remiré, y comprendí, con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada en este mundo. Ya no era más que el vago aroma a violeta y el eco, débil como el de las hojas muertas, de la nínfula con la que me había revolcado lanzando alaridos de pasión en el pasado; un eco a la orilla de un barranco rojo, con un bosque lejano bajo un cielo blanco, y hojas pardas ahogándose en el arrollo, y un último grillo sobre la crespa maleza..., pero, gracias a Dios, no era sólo ese eco lo que yo había venerado. Lo que yo solía acariciar entre las zarzas enmarañadas de mi corazón, mon grand péche radieux, se había reducido a su esencia: un vicio estéril, egoísta, del que renegaba y al que maldecía. Pueden ustedes burlarse de mí y amenazar con despejar la sala, pero hasta que esté amordazado y medio estrangulado seguiré gritando mi pobre verdad. Insisto en que el mundo sepa cuánto quería a mi Lolita, a esta Lolita, pálida y profanada, con otra niña en el vientre, pero todavía con sus ojos grises, todavía con sus pestañas negras, todavía castaña y almendra, todavía mi Carmencita, todavía mía. Poco importaría que sus ojos se marchitaran hasta convertirse en los de un pez miope, que sus pezones se hincharan y agrietaran, que su pubis delicado, encantador, aterciopelado, joven, se ensuciara y desgarrara... aun así enloquecería de ternura con sólo ver tu querido rostro pálido, con sólo oír tu voz juvenil y ronca, mi Lolita.”
“Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seguiremos siendo parte de la bendita materia, y me será posible hablarte desde aquí, aunque estés en Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros hombres te toquen. No hables con desconocidos. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Ojalá que tu marido te trate siempre bien, porque, de lo contrario, mi espectro se le aparecerá como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio. Y no tengas lástima de Clare Quilty. Tenía que elegir entre él y Humbert Humbert, y quería que éste viviera, al menos, un par de meses más, para que tú vivieras después en la mente de las generaciones venideras. Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.”
Vicente Lastra

Santiago de Chile, abril de 2003.

*Artículo publicado originalmente en la revista impresa Ciudad de los Césares Nº65, junio de 2003, Santiago de Chile.