El domingo 3 de agosto del año que agota este duro invierno austral, comenzó, su última travesía espiritual -la más importante en el espectro de cada hombre-, el Premio Nobel de Literatura 1970, Alexander Solzhenitsyn (1918). Así, el autor de Archipiélago Gulag, regresaba a la primera plana “cultural” después de vivir prácticamente en el ostracismo público y creativo, la postrera década de su existencia, la misma que había principiado con el retorno a su Rusia natal, allá en 1994.
Plurales resultan los adjetivos que nos sirven para dibujar la silueta compleja, biográfica y artística, del inventor de El primer círculo; y la enumeración no deja de ser a su vez parcial, veraz y mezquina: discutido, rechazado, aclamado, perseguido, subvalorado, talentoso, menospreciado y agigantado hasta la deformidad; pues cada una de las calificaciones nombradas, se asocian a la semblanza del nacido en el Cáucaso.
Sin embargo, una definición del físico y matemático de profesión, aparece como incontrarrestable: fue el mayor disidente de la “intelligentsia” soviética, el único de impacto mediático resonante y trasatlántico, y el díscolo de “espíritu eslavo” por excelencia entre los escritores rusos del siglo pasado –esto no significa que el primero en calidad-, de aquellos literatos que crecieron bajo la oscuridad de dos tiranías opresoras, cuál de ambas más infinita y brutal: la de los genios humanistas de su patria, que los antecedieron en la centuria decimonónica; o la de la barbarie marxista que anidó, demoníaca, en la URSS.

Vale la pena anotar, que para la perpetuidad, un texto de acusación crítica, presentado en cualquier sociedad humana a futuro -cobijado con deseos de altura intelectual, además de pretensiones de inmortalidad histórica y narrativa-, será siempre comparado a la luz brillante de las siete partes del Archipiélago Gulag. Por consiguiente, los tópicos de la desilusión luctuosa y luego su evolución en esperanza -esto a pesar de vislumbrarse un horizonte borroso, perdido por la enfermedad y la represión angustiosa del ambiente-, serán a menudo citados en su descripción “ingenua y tierna, muy rusa”, según Ignacio Valente, a raíz de la pluma valiente de Pabellón de cáncer.

Finalmente, cabe delinear la faceta de pensador de observancia cáustica de la posmodernidad, que como devoto y franco adherente a la Iglesia Católica Ortodoxa, asumió Solzhenitsyn en seguida de granjearse la máxima distinción de las letras, ofrendada por la nórdica Estocolmo. Luego, fue desde aquella trinchera, donde produjo sus palimpsestos de relevante interés y sugerentes hasta el aplauso docto: la de un llamado mordaz y bien urdido, contra el materialismo socialista y liberal, frente al ateísmo bolchevique y del gran capital sin patria, respondiéndole a una historia con la humanidad ensalzada al trono de pírrica deidad, cuyo nihilismo, sería su ilustre enfermedad.

Vicente Lastra
Santiago de Chile, domingo 17 de agosto de 2008
Bibliografía
-EDWARDS, Jorge. 2008. “Una vuelta de página”. Santiago de Chile: Columna publicada el viernes 8 de agosto en el vespertino La Segunda.
-SOLZHENITSYN, Alexander. 1981. Denuncia. Santiago de Chile: Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Santiago.
-VALENTE, Ignacio. 2008. “Solzhenitsyn, profeta y escritor”. Santiago de Chile: Artículo publicado en el diario El Mercurio el domingo 10 de agosto.